viernes, 27 de febrero de 2009
LOS PERROS DE SARAJEVO
Fuente: CURACIÓN EMOCIONAL (David Servan-Schreiber)
Los propietarios de un animal doméstico no necesitan que se les
demuestre lo que sienten en su vida diaria. Incluso en circunstancias extraordinarias. En 1993, Sarajevo vivía bajo las bombas y la constante amenaza de los francotiradores. Aparte de algunas raciones humanitarias, no había nada que comer desde hacía casi un año. Todas las tiendas habían sido saqueadas, no quedaba ni una ventana intacta, los parques de la ciudad se habían convertido en cementerios donde apenas quedaban sitios. No se podía salir a la calle por miedo a recibir una bala perdida o ser víctima de otro francotirador. No obstante, en esa ciudad agotada y agonizante, donde los únicos sobresaltos eran el estruendo de la guerra, se veía todavía a algún hombre, a alguna mujer, o a algún niño paseando a su perro. "Hay que sacarle -decía un hombre en la calle-, y además, en un momento así, uno se olvida un poco de la guerra; cuando uno se consagra a otra cosa puede olvidarla".
Eso sucedía en Sarajevo, en 1993. En medio de la pesadilla, cuando falta de todo, hay algo que todavía queda: la relación afectiva, incluso con un perro. Poder seguir dando. Para sentirse humano. Sentir que todavía se cuenta para alguien. Y eso es más fuerte que el hambre y que el miedo.
Eso sucedía en Sarajevo, en 1993. En medio de la pesadilla, cuando falta de todo, hay algo que todavía queda: la relación afectiva, incluso con un perro. Poder seguir dando. Para sentirse humano. Sentir que todavía se cuenta para alguien. Y eso es más fuerte que el hambre y que el miedo.
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